Inteligencia Emocional o el bálsamo de Fierabrás.

Tenía pensado hacer una entrada sobre el por qué dormimos, para qué dormimos, cuánto tiempo, etc., pero últimamente oigo y veo mucha información sobre cursos de inteligencia emocional. Así que he decidido hablar primero sobre lo último.

Existen infinidad de cursos, no solo a nivel empresarial, sino a nivel educativo. A veces me da la impresión de que puede parecer como que un curso sobre el manejo inteligente de las emociones (y esto es mi opinión) va a mejorar automáticamente la vida de la persona que lo recibe como por arte de magia,  y que servirá de bálsamo de Fierabrás  (quizá también porque la sociedad actual nos transmite la posibilidad de inmediatez de todo lo que queremos y deseamos sin apenas esfuerzo). ¡Ojo! No estoy diciendo que no sirva, es más, yo mismo estoy trabajando en el diseño de un curso para el entorno empresarial, y otro aplicado al ámbito escolar. Lo que quiero decir es que no sé si todas las personas que hacen un curso de este tipo, así como los padres y directivos que envían a sus hijos o a su personal, respectivamente, a realizarlo, son conscientes de que se trata de un proceso largo y minucioso, que no solo requiere la paciencia y perseverancia de la persona que intenta mejorar aplicándolo, sino que necesita el apoyo de su entorno más próximo (el curso solo es el primer paso).

Muchas personas creen que la inteligencia emocional supone la supremacía de lo racional sobre lo emocional. Nada más lejos de la realidad. Filogenéticamente hablando, la emoción es mucho más primigenia que la razón. Nuestras estructuras cerebrales que sustentan las emociones son compartidas de un modo similar en aves y mamíferos. Son circuitos neuronales muy rápidos ya que su función es protegernos de los peligros y ayudarnos a interaccionar socialmente. En cambio la razón, cuyo sustrato neuronal lo conforma la corteza cerebral o neocortex, es posterior evolutivamente y aunque está íntimamente conectada con la estructura emocional, es más lenta que la primera, aunque el procesamiento y análisis que hace de la información que recibe es más clara y profunda. Por lo que nos ayuda a tomar decisiones basadas en el análisis y la lógica. De este modo emoción y razón se complementan (y se necesitan) integrándose en un todo, aunque la emoción actúa en primer lugar como hemos visto, debido a su velocidad de procesamiento.

De todo esto se puede extraer, en mi opinión, que la razón no maneja o controla las emociones, sino que ayuda a modularlas y canalizarlas, para darles salida adecuadamente una vez se han producido. Así por ejemplo, podemos decidir no agredir (ni física ni verbalmente) a otra persona aunque hayamos experimentado ira (emoción) y hostilidad (valoración cognitiva). La inteligencia emocional también nos puede ayudar a saber que durante la fase de “inundación” de la emoción, no debemos tomar decisiones importantes (a excepción de salvar la vida, claro) ya que el riego sanguíneo  es “secuestrado” por los núcleos amigdalinos, más profundos. Por lo tanto, nuestro cortex prefrontal (donde planificamos, imaginamos, y tomamos decisiones) no puede funcionar con la energía necesaria al no estar oxigenado con el nivel óptimo de eritrocitos.

Por todo esto, la puesta en práctica de la inteligencia emocional requiere como cualquier otra habilidad, mucha paciencia, perseverancia y sobre todo, auto observación e introspección diaria, porque solo cuando seamos capaces de sentir,  reconocer nuestras propias emociones, y canalizarlas de forma fluida (no explosiva) seremos capaces de interactuar con otros seres humanos de forma más empática y a la vez “racional”. Por supuesto, un curso de inteligencia emocional, nos viene fenomenal para conocer cómo funcionan las emociones, para reconocerlas y regularlas, pero no olvidemos nunca que se trata de el primer paso de un largo camino, y no por ello debemos dejar de trabajar, al contrario, debemos insistir y persistir hasta conseguir ser inteligentes emocionales (por nuestro bien y el de nuestros congéneres).

Hasta pronto!!

 

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