UN EJEMPLO SENCILLO DE INTELIGENCIA EMOCIONAL EN EL TRABAJO

muymolesto_espSomos muchos profesionales los que hablamos de aplicar la inteligencia emocional en el trabajo, en el liderazgo, en la comunicación, en la educación, en las relaciones familiares…, pero habitualmente se hace a nivel muy teórico, creo yo.

Y es que la teoría es fácil. Te lees un par de libros sobre el tema y ya puedes escribir unos cuantos artículos o dar una conferencia.

¿Pero cómo se aterriza la teoría en la empresa?

¿Cómo convertimos modelos científicos en comportamientos observables?

¿Dónde está el nexo de unión para hacer tangible lo intangible?

Pocos artículos hablan de una manera clara, práctica, sencilla, y sobre todo eficaz, de cómo se mastica, digiere y se “encarna” la inteligencia emocional en los distintos roles que desempeñamos (trabajador, directivo, vendedor…).

Por eso quiero, y siento la necesidad, de abordar esta parte más pragmática de la inteligencia emocional en la empresa… ¡y en la vida! (como diría mi admirado Santiago Vázquez, Director de Personas en R).

Lo primero es reconocer y aceptar que las personas somos principalmente seres emocionales con capacidad para razonar.

Es más, necesitamos las emociones para poder tomar decisiones de todo tipo. Sin ellas nunca decidiríamos. Nos quedaríamos en un bucle infinito de análisis de pros y contras, ventajas e inconvenientes, costes y beneficios.

Si no crees esto, no te voy a mostrar ni pedir que leas la documentación científica que le da soporte, solo te recomiendo que no sigas leyendo y te olvides del tema. Ambos ahorraremos tiempo y disgustos.

Lo segundo es comprender que la inteligencia emocional es una habilidad que se entrena, como cualquier otra habilidad que deseemos adquirir.

Ésta consiste en encender luces en la consciencia (hacer la consciencia lúcida) para percibir y comprender qué intereses, necesidades, valores o creencias hay en nosotros y en los demás.

A partir de aquí adaptaremos nuestra conducta para no obviar, reprimir, rechazar, denostar u olvidar estos intereses, necesidades, valores o creencias, evitando así un conflicto razón-emoción-conducta que es el origen de casi todos los problemas.

Luego cada uno, por ejemplo, ya decidirá si sus creencias le estrechan o ensanchan la vida, y si quiere reestructurarlas. Pero esto sería High Level, cuando uno ya es “cinturón negro” en inteligencia emocional.

En la empresa estos intereses, necesidades, valores y creencias conforman la cultura (y subculturas) e interactúan entre todos sus integrantes.

Porque la empresa es un todo, un sistema en el que las partes son interdependientes y el funcionamiento de un componente afecta al resto.

Es decir, todas las partes se tienen que adaptar (son flexibles) para que sus intereses, necesidades, valores o creencias permitan un comportamiento cuya consecuencia sea el logro de objetivos compartidos.

¿Complicado?, ¿imposible? Para nada. Sencillo aunque no fácil. Solo hay una máxima que cumplir:

Empatía

EmpatíaPorque cuando tenemos en cuenta las necesidades de los demás antes de tomar una decisión que les afecta (o les puede afectar), evitamos una serie de fricciones que, repetidas en el tiempo, desembocarían en absentismo, rotación, baja productividad o desempeño, despido o abandono. Y esto no nos interesa.

Un ejemplo sencillo, pero representativo, que he vivido muchas veces en algunas empresas con las que he trabajado:

Un comercial, mando intermedio o directivo organiza un par de reuniones con clientes que están en otra ciudad, y necesita que le acompañe un técnico o un consultor (o ambos). Por supuesto, entre viaje y reuniones, va a ser un día larguito.

Habla con los clientes, pone fecha y hora, pero no habla antes con el técnico o consultor que le tienen que acompañar.

Al rato, o tras unos días (cuando se acuerda, porque tiene mil cosas más) le dice a alguno de ellos: “pasado mañana te vienes conmigo a tal sitio”.

Si ese profesional tenía otros planes, se va a sentir perjudicado. Quizás haya quedado por la mañana con otro cliente, o por la tarde para acompañar a su pareja a una revisión médica (por poner un ejemplo).

Si le dice a su jefe o compañero que no le va bien, que cambie la fecha, el inicio (o degradación) de una mala relación está servida (es probable que a partir de ahí “se caiga mal el uno al otro”) y, como consecuencia, baja colaboración o deterioro del rendimiento con el tiempo.

Si ese profesional asiente con la cabeza, pero piensa “es injusto que quede con un cliente sin contar conmigo”, el principio de la desmotivación está servida.

Insisto en que esto ocurrirá si este comportamiento se repite de manera sistematizada en el tiempo. Si ocurre solo de vez en cuando, se soluciona con un “discúlpame, llevas razón. No sé en qué estaría yo pensando”, en un tono cordial.

Pero si ocurre a menudo, da igual qué disculpa o excusa pongamos. Ya se ha producido un punto de fricción que va directo al debe de la cuenta emocional de los participantes (clientes incluidos si les han llamado para marearles con la fecha).

Todo cambia cuando ese mismo comercial, mando intermedio o directivo habla con los clientes y les pide (o propone) un par de fechas tentativas. Y les dice “voy a hablar con mi compañero consultor, técnico (o quien sea) y te confirmo la fecha a lo largo del día”.

Después habla con la persona correspondiente, le explica la necesidad, el objetivo, y le da a elegir entre fechas posibles (o plantean una nueva). Cuando considera adecuado, llama al cliente y le confirma su visita.

Claro, estarás pensando que esto lleva más tiempo y dedicación, siendo muchísimo más rápido y eficiente la forma anterior, ante la vorágine del día a día.

Efectivamente, pero la empatía es muchísimo más rentable.

Y me permito recordarte que no trabajas solo, que necesitas lo mejor de los demás para tener éxito. Y no te lo van a dar si andas “apedreando” su sistema emocional (aunque sea de manera inconsciente).

Si además eres directivo, o supervisor, recuerda que tienes un plus de responsabilidad en modular emociones.

¿Has calculado el beneficio de la empatía en tu empresa?

¿Y el coste de no aplicarla?

*Si quieres leer más artículos sobre inteligencia emocional en la empresa, aquí tienes una recopilación

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Fuente imágenes: poovgo.blogspot.com; a01566428.weebly.com

 

8 comentarios en “UN EJEMPLO SENCILLO DE INTELIGENCIA EMOCIONAL EN EL TRABAJO

    • Cierto, Josep, es muy difícil empatizar cuando uno ha estado obviando las necesidades de los demás creyendo que no pasaba nada, que no era necesario porque ya somos “mayorcitos”, como dicen algunos directivos.

      Sin embargo, por muy mayores que seamos, nuestros cerebros necesitan percibir un entorno de apoyo, reconocimiento y confianza para poder liberar su talento. Un abrazo y muchas gracias por dejar tu comentario en este blog.

      Vuelve cuando te apetezca, serás bien recibido 😉

    • Muchas gracias por tu feedback, Helen. Me alegro enormemente, de corazón, que te sea de tanta utilidad. Y siéntete libre de compartir la información con aquellas personas a las que creas que le puede ser también de utilidad. Un afectuoso saludo.

  • La teoría está clara.. Pero la práctica suele ser más difícil. Creo que una buena educación es una buena base e inició para una buena empatía. En el en. Que pones de contar con otros para Por en. Una reunión en la que el otro tiene que participar… lo podemos llamar empatía
    Pero tb lo podemos llamar educación. Determinadas conductas o actitudes forman o debería formar parte de una correctas reglas de educación. Y eso, que contribuye tanto a mejorar y tener unas buenas relaciones personales es lo que a mi juicio falla, de base, con demasiada frecuencia

    • Así es, Fran. Muchas gracias por dejar tu comentario. En mis intervenciones con profesionales de todos los sectores digo que para mí, la inteligencia emocional, consiste en “re-educar el ego”. Es sentido común, respeto, educación. Lo que ocurre es que si esa educación basada en el reconocimiento de las emociones, propias y ajenas, no ha sido recibida en la infancia, la tenemos que recibir en la edad adulta (si queremos). Un cordial saludo.

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